
Sufrimos los mismos males y venimos de la misma historia
Si España pudiera mirarse en los ojos de Hispanoamérica, se vería reflejada a sí misma. Vería en aquellas ciudades sus propias ciudades, con sus mismas gentes y sus mismas tradiciones. En los olores, en las palabras, en los sabores, en la mezcolanza que se acunó en mil amores. La más masculina raza de Europa preñó a la más bella doncella que flotaba entre dos aguas. Sólo podría haber sido España. Y esa sangre que sembró mi “Madre Patria” se desbordó en los ríos, subió hasta las montañas, creció palmo a palmo en las sierras, nutrió la tierra y parió una raza. Y ese amor que llevó a aquellas tierras España, fue el más grande de los amores, con la Cruz y con la Espada. Y les donó a aquellos pueblos una Fe y una Palabra. En el más bello idioma que sus oídos escucharan. Qué castiza y qué hispana se hizo esa palabra… Y se bautizaron varones y se bautizaron muchachas.
Se fundaron ciudades, ciudades españolas en aquella Nueva España. Y de Castilla La Mancha, arribó Guadalajara, la fundó Nuño de Guzmán a la “Perla Tapatía”, fue en 1532 y ahí quedo sembrada en México que también es tierra mía. Y de tierras murcianas llegó a tierras del Caribe: Cartagena, para llamarse desde entonces de las Indias, la fundó Rodrigo de Bastidas en 1533, hoy es una joya colombiana que le dejó bordada España. En 1541 sentó Santiago una plaza, fue en el medio de Chile, primero llamada Santiago de Extremadura, la fundó Valdivia en honor al patrón de España y con ello le brindó al largo país andino el más bello nombre de varón con que pudiera nombrarla. Y también arribó Valencia y lo hizo de española, engalanó Venezuela por tierras de Carabobo, la fundó Don Alonso Díaz Moreno en 1555. No podía faltar Andalucía, se hizo presente con Córdoba y fue en 1573, la trajo Francisco de Aguirre y la fundó en Argentina, la llamó para siempre Córdoba de Nueva Andalucía. España es Hispanoamérica y ésta es España. En los sabores y en el idioma todo creció, todo se amplió, pasó a ser más cada cosa. El “chicharrón” castellano se multiplicó como los panes y los peces, y se hizo presente por todas partes, con un estilo aquí y otro por allá. Los callos madrileños se volvieron “buseca” en Argentina y Uruguay y “pancita” en México. La tortilla la hueles por los barrios montevideanos. Y los panes gallegos se vuelven “flautas” en algunas regiones. Los churros se pueden comer rellenos o simples, allá por Coyoácan en el sur del D.F. mexicano. Y los postres catalanes sientan reales de sabor en los de por allá y el pan tierno de Barcelona, se bautiza como “pan catalán”. Y los cocidos y guisados de todas las regiones de España se multiplican en nombres y sabor por todas aquellas tierras, en marmitas y en ollas. Como guisos o pucheros, con mucho tomate, con mucha cebolla, con muchos pimientos sangre y con mucho pimentón. Ponle salero, ponle sabor, ponle España a tus comidas que no hay nada mejor.
Y qué hablar de nuestro idioma en común, quizás la más bella herencia de España, porque es el idioma más bello. Hablar español nos distingue para amar y para guerrear. No hay idioma que iguale nuestras palabras de enamorar, sea en prosa o en poesía: ¿Cómo hacer si no, para conquistar tan bellas mujeres como las nuestras? Y si se trata de enfrentar, no hay palabras más duras, más profundas, más dolorosas que las que sabemos empuñar.
Pero nos une algo mas, quizás lo más importante: una herencia en común, una fe, una moral, una creencia en valores inalterables. Una civilización y un credo. Una cultura, que levantó catedrales y universidades.
Es común escuchar hablar de países anglo-sajones. Pero nunca se dice “países españoles”. Es un deber que nos adeudan centurias de repliegue liberal y masónico. Hay una región española, hay una cultura española, hay un idioma español y hay una tradición española. Los países hispanoamericanos son países “españoles”, ni latinos, ni americanos a solas: Españoles. No somos parecidos, somos lo mismo, por ello nos pasan desgracias y venturas parecidas. Los ejércitos hispanoamericanos nacieron en un parto desgarrador de lucha con su madre. Son hispanos por estirpe, por honor y por bravura. Nuestros muchachos y nuestras muchachas sienten y piensan en el mismo idioma, en las mismas creencias y son miserablemente, desoladoramente engañados de la misma forma. Sufrimos la misma agresión, hay un embate por cambiar nuestras creencias, nuestras tradiciones y nuestra historia.
Por Julio Martino

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