
Nota Diurnarius: Excelente artículo publicado en el periódico Meridiano en dos ediciones (Nº 5 de Enero y Nº 6 de Febrero de 1980), donde se desnuda la mentalidad detrás de los movimientos subversivos y el vínculo DIRECTO que hay entre el liberalismo y el marxismo. Hay quienes erradamente creen que éstas son dos ideologías diferentes e incluso antagónicas, cuando en realidad son dos etapas de UNA MISMA REVOLUCION (que continúa HOY con el Nuevo Orden Mundial), promovidas y financiadas en ambos casos, tanto la Revolución “Francesa” como la Revolución “Rusa”, por la casa bancaria Rothschild y sus asociados (Más información, Diario BWN Patagonia). Puede acceder a los originales digitalizados de Meridiano al pie de la página.
(Primera Parte)
El movimiento de subversión moderno arranca, en sus proyecciones prácticas, de mediados del siglo XIX, pero sus antecedentes inmediatos pueden rastrearse en el siglo XVIII, y los mediatos, aún antes.
Desde mediados del siglo pasado se produjo, como una avenida, la agitación subversiva que, adoptando formas diversas, en esencia es siempre la misma, y ha llegado a ser una verdadera inundación, que después de sumergir a Rusia en 1917, amenaza anegar todo el mundo.
Las raíces psicológicas de tal desborde de espíritu destructivo, de tal embate de salvajismo, de tal anhelo de trastocarlo todo, de arrasar todo el edificio de nuestra Cultura, son la envidia, el resentimiento y la inadaptación antisocial, fomentados por el igualitarismo demagógico, y manejados por elementos de agitación disolvente.
No cabe duda de que aquellos intelectuales que propician tales movimientos de masas son sujetos anormales enfermos de odio patológico a todo lo sano, lo auténticamente natural y tradicional. El pueblo, masificado, no hace sino emborracharse con el licor venenoso de estos energúmenos (muchas veces de frac o levita). Los textos que en este artículo citaremos servirán de elemento probatorio documental de estas afirmaciones nuestras, que prima facie pueden parecer exageradas, y demostrará que, desgraciadamente, en la humanidad surgen tales ejemplares de locura vandálica y de odio satánico. Por razones de espacio ceñiremos el trabajo al período comprendido entre 1789 y la Revolución Rusa.
Ya durante la Revolución Francesa, en el período del Terror, aparecen todos los síntomas de la revolución social en su forma más repugnante: ansias de bestialidad, de destrucción insensata, odio al superior, estúpida nivelación “igualitaria”, etcétera. Fueron proclamadas las doctrinas más extravagantes. Adelantándose al comunismo. BRISSOT anunció que “la propiedad es un robo”. ROBESPIERRE demuestra su odio a la civilización enviando al cadalso al gran químico Lavoisier, con la observación de que “Ciencia es aristocracia; la república no necesita sabios”. Y por su parte ANACHARSIS CLOOTZ, HEBERT y otros dementes rabiosos (“enrangés”) propalaban doctrinas que hubieran convertido a la Sociedad en una mezcla de caos y manicomio.
Como ha dicho Falcionelli, la revolución es permanente, lo que le permite imponer su dictadura a la Convención y, mediante el Terror, al país. Contra el “tercer Estado” de los ricos, suscita el “cuarto Estado” de los pobres, y, si fracasa bajo los golpes de los termidorianos, nunca desaparece como tendencia profunda, como nos lo demuestran BABEUF y su “conspiración de los iguales”, BLANQUI y su dictadura revolucionaria, la revolución de 1848, la Comuna de París, el MARX de la “Guerra Civil en Francia” y, sobre todo, el LENIN de “El Estado y la Revolución”.
“DESTRUID, AMIGOS MIOS…”
Cuando el Terror ya decaía, tuvo en 1796 una erupción final con la conspiración de BABEUF. Este, al igual que otros jefes revolucionarios de todas las épocas, fue un hombre cuyas condiciones de inteligencia y energía estaban gangrenadas por un morbo de locura. Parecía por momentos un maniático homicida en estado de delirio. Lo que no impidió -muy al contrario- que los revolucionarios subsiguientes hayan catalogado sus doctrinas como “avanzadas” y al mismo BABEUF como un hombre que “se había adelantado a su tiempo”. Y los bolcheviques, en el manifiesto de la Tercera Internacional, le rinden homenaje como a uno de sus mentores y precursores.
Babeuf pretendía la total destrucción del orden social imperante, una degollación general de los “propietarios” y la implantación de un orden “proletario” fundado en la más rígida y niveladora igualdad.
Pero escuchad a este “precursor”. Decía así en su periódico “El Tribuno del Pueblo”: “¿Para qué hablar de leyes y propiedad? La propiedad es el patrimonio de los usurpadores y las leyes son la obra del más fuerte. La tierra no pertenece a nadie. Por lo tanto, amigos míos, perturbemos, destruyamos, cambiemos esta sociedad que no nos conviene. Tomad de donde queráis lo que os parezca. Pero aún hay más, amigos y hermanos. Si las barreras constitucionales se oponen a vuestro generoso (?) esfuerzo, saltad sin escrúpulos barreras y constituciones. Degollad sin piedad a todos aquellos seres inmorales que se opongan a vuestra felicidad común. La justicia del pueblo es grande y majestuosa como el pueblo mismo; todo lo que hace es legítimo; todo lo que ordena es sagrado“.
En el Manifiesto de la Igualdad, redactado en la víspera de su insurrección, estampa estas reveladoras palabras: “Pueblo de Francia! Durante 15 siglos has vivido en la esclavitud y, por consiguiente, en la infelicidad. Durante seis años apenas has respirado en espera de la independencia, de la felicidad y de la igualdad. ¡Igualdad! El primer deseo de la naturaleza, la primera necesidad del hombre, el principal lazo de toda asociación legal.
“¡Bien! Nosotros, de aquí en adelante, intentaremos vivir y morir igual que hemos nacido; nuestro deseo es conseguir la verdadera igualdad o la muerte, y lo debemos obtener. Y lo obtendremos, sea al precio que fuere. Y ¡ay de aquellos que se nos pongan delante!”
“La revolución francesa fue sólo el preludio de otra revolución mucho mayor, mucho más solemne, y que será la última. ¡Igualdad! Por ella consentiremos en todo, y para obtenerla barreremos cuanto sea preciso. ¡Perezcan las artes si la igualdad ha de sernos otorgada! ¡Comunidad de bienes! No más propiedad privada sobre la tierra: la tierra no pertenece a nadie. Nosotros reclamamos, nosotros deseamos el goce común de los frutos de la tierra: los frutos de la tierra son de todos…”.
MASIFICACION UNIVERSAL
“Desaparezcan en fin -seguía BABEUF- las indignantes diferencias de ricos y pobres, de grandes y pequeños, de señor y siervo, de gobernante y gobernado. Que no haya más diferencias entre la humanidad que aquellas de edad y sexo (en esto último, realmente BABEUF no se adelantó a su tiempo). Y puesto que todos tenemos las mismas necesidades y las mismas facultades, haya una sola educación y una sola clase de alimentos (?). ¿Acaso no se contentan con el mismo sol y el mismo aire para todos? ¿Por qué no habían de contentarse con una misma alimentación?
“¡Pueblo de Francia! Abre tu corazón y tus ojos a la plenitud de la felicidad: reconoce y proclama con nosotros la “República de la Igualdad”!”.
Esta cita algo larga es importante: nos permite apreciar claramente el anormal estado mental de su autor. Sus aberrantes afirmaciones son lugares comunes en este tipo de paranoicos dementes utópicos. Pero lo más destacable es: que esta clase de delirios de un insano fue recogida luego por quienes nada tenían de insanos y sí mucho de astutos perversos (como MARX, ENGELS y LENIN); y que este Manifiesto revela el pasaje de la Libertad de la famosa trilogía (liberalismo) a la Igualdad, segundo término de ella (socialismo).
La conspiración de BABEUF fracasó y los burgueses quedaron tranquilos haciendo la digestión, que ella había amenazado cortarles violentamente. Quizá el Tercer Estado pensó que allí se detenía la Revolución. Profundo error (que muchos aquí y aún ahora mantienen, girondinos impertinentes). La Revolución, una vez puesta en marcha, no se detiene a mitad de camino, y los que gritan ¡hasta aquí no más! serán, ciertamente, luego de ser utilizados por ella, sus futuras víctimas.
Durante la primera mitad del siglo XIX, el capitalismo liberal provocó la aparición del proletariado, mientras algunos locos pacíficos (ROBERT OWEN, SAINT-SIMON, FOURIER, CABET, y otros más) elaboraban filosofías utopistas y fundaban, a veces, comunidades modelo, que indefectiblemente abortaban.
Pero ya se habían puesto a la obra los perversos. En 1848 estallan en Francia, por obra de demagogos como BLANQUI y PROUDHON, una violenta insurrección, que se propaga por toda Europa, en un intento de subversión general, que fracasa.
Tal es el momento en que aparece CARLOS MARX.
LA REVOLUCION DE LOS INASIMILABLES
MARX, acompañado por su correligionario ENGLES, representa el encuentro de típicos inadaptados, inasimilables y llenos de odio contra la Cultura cristiana, con el material inflamable que les hacía falta para intentar su obra destructiva, el proletariado. MARX mezcla este ingrediente con una re-elaboración de la Dialéctica hegeliana, el Materialismo grosero del siglo XVIII y algunas elucubraciones utópicas de sus predecesores. El “Manifiesto Comunista” aparece en esta coyuntura revolucionaria. De ésta saldrán dos corrientes: la socialista-comunista, de MARX y ENGELS; y la anarquista, de PROUDHON y BAKUNIN. Tenían en común un odio cerril contra el orden social existente, pero diferían en los medios.
Los anarquistas son débiles mentales, que vuelcan su infantilismo incurable en un rencor malsano. Son resentidos sociales que se transforman en apóstoles del caos. “¡Me armaré hasta los dientes contra la civilización!”, vocifera PROUDHON. Y repite la frase estulta de BRISSOT (cuyo origen está, por supuesto, en ROUSSEAU, otro resentido: “El primero que cercó… etc.”): “La propiedad es un robo”.
Podemos imaginarlo echando espumarajos por la boca, mientras grita como un poseso: “Dios es locura y cobardía; Dios es tiranía y miseria; Dios es el mal. ¡Ven, pues, a mí, Lucifer, Satanás, quien quiera que seas, el demonio que la fe de mis padres oponían a Dios y a la Iglesia!”.
Contemplemos con la imaginación esta imagen escalofriante, hasta que el próximo MERIDIANO nos traiga la conclusión de esta historia de aberraciones.
(Segunda Parte)
Proudhon, que desfogaba así su inquina contra instituciones e ideales, carecía de dotes organizadoras, de modo que quien se encargó de esa tarea de poner orden en los partidos del desorden fue su discípulo BAKUNIN. Este es un ejemplar típico de degeneración de una estirpe. De noble familia, su incurable perversión, su talento depravado, lo llevaron a incorporarse a la corriente revolucionaria: sólo se encontraba a gusto en compañía de rebeldes, criminales y vagabundos. Su brindis favorito era: “Por la destrucción de toda ley y orden, y el desencadenamiento de las malas pasiones!”.
Hay un cinismo, una especie de placer morboso que experimentan estos desequilibrados antisociales en desnudar su alma pútrida y poner de manifiesto su furia devastadora. En el “Catecismo Revolucionario” dice BAKUNIN: “El revolucionario no debe dejar que subsista nada entre él y la obra de destrucción. Para él hay un solo placer, un solo consuelo, una recompensa, una satisfacción: el éxito de la revolución. Noche y día no ha de tener más que un pensamiento, un único fin: la destrucción implacable… Si continúa viviendo en este mundo, es sólo para aniquilarlo con más seguridad”.
¡Y esta gente que preconiza el crimen, el asesinato, que sólo habla de destruir, demoler, aniquilar, devastar, exterminar, goza de impunidad y licencia para adoctrinar, adiestrar y aleccionar a sus fanáticos discípulos! ¿Qué mejor demostración práctica de la falsedad de la libertad del liberalismo (libertad para el mal)?
“¡MATA AL JUEZ JUSTO!”
Afirma BAKUNIN en aquel “Catecismo”: “Si matas a un juez injusto, puede entenderse, sencillamente, que piensas que los jueces deben ser justos: pero si matas a un juez justo, claramente se ve que te parecen censurable todos los jueces. Si un hijo mata a un mal padre, el acto, aunque meritorio, no nos lleva muy lejos. Pero si mata a un buen padre, corta de raíz el pestilente sistema del cariño familiar, la bondad y la gratitud, sobre las que se basa, en gran parte, el sistema actual”.
¡Es difícil llegar más lejos en la furia homicida!
El anarquista JOHANN MOST escribía en 1880 en su diario “Freiheit”: “¡Exterminad toda la casta vil! La ciencia pone ahora en nuestras manos medios que hacen posible disponer la destrucción, al por mayor, de las bestias, de un modo perfectamente tranquilo y comercial (?)”.
¡Y estos orates que propiciaban el uso de la dinamita y el trinitrotolueno, nos les faltaban los medios de difusión y publicidad! En España, por ejemplo, la Editorial Sempere divulgaba entre el vasto mundo hispanoparlante esta clase de vesánicas lucubraciones. Como ahora, la prostitución del pensamiento y la perversión de las costumbres, encontraban un sistema de divulgación bien provisto de capitales y de elementos de propaganda, mientras los autores sensatos, los defensores del Orden -un VENILLOT, un DONOSO, un BALMES-, no encontraban lugar en los estantes de las librerías, ni lectores, porque eran meticulosamente ignorados. Entre tanto, al pobre obrero ignaro se le ofrecían a precios irrisorios este material ponzoñoso, para corromper, estragar y desnaturalizar irremediablemente su mente, su corazón y su carácter. ¡Y todo ello con el fin último de destruir y arruinar definitivamente la Cristiandad!
En 1881 se celebró en Londres (la sede de ese tiempo del capitalismo internacional) un congreso anarquista, al que concurrió, entre otros, el degenerado príncipe KROPOTKIN.
SOSPECHOSA APATIA
Decían las conclusiones del congreso: “Es un deber (de los comités de cada país) recaudar fondos para la compra de veneno y armas, lo mismo que para descubrir lugares adecuados para la construcción de minas, etc. Para alcanzar el fin propuesto -el aniquilamiento de gobernantes- todos los medios son permisibles, y, por lo tanto, debe prestarse gran atención al estudio de la química y preparación de explosivos, como armas más importantes”.
Podría realizarse un estudio psicológico muy interesante acerca de la mentalidad de los gobernantes que contemplaban inertes y pasivos esta pública preparación del terrorismo. ¡Extraña indolencia!
La rebeldía ácrata o anarquista va a desembocar, a través del Sindicalismo, en el Bolchevismo o Comunismo marxista, la perfecta Filosofía del Infrahombre, como la definió acertadamente STODDARD. No puede caber duda alguna de que tan aberrante doctrina no habría podido imponerse y avanzar en el mundo contemporáneo, si previamente no le hubieran preparado el camino toda clase de insanías y delirios, y no es posible olvidar tampoco la importante colaboración de los señores dieciochescos, iluminados y enciclopedistas y sus continuadores los buenos burgueses liberales.
Sobre la oquedad moral dejada por el relativismo y el materialismo de las clases medias modernas se levanta el edificio de la “ética” social-comunista.
HAROLD COX ha descrito con mucho acierto esta “ética”: “El socialismo pretende la destrucción del capitalismo, y a este fin estimula o perdona la conducta que el mundo ha condenado hasta aquí como criminal… La ética real del socialismo es la ética de la guerra. Lo que los socialistas quieren es, no el progreso del mundo, tal como nosotros lo conocemos, sino la destrucción de ese mundo como preludio de la creación de un mundo nuevo que ellos imaginan. Para alcanzar ese fin, tienen que buscar el apoyo de toda fuerza que produzca desorden, y apelar a todos los motivos que estimulen el odio de clases. Su perspectiva ética es la inmediata inversión de lo que inspiró a todas las grandes religiones del mundo. En lugar de pretender llegar a la paz en la tierra y elegido como su meta la lucha universal buena voluntad entre los hombres, han y deliberadamente hacen un llamamiento a las pasiones de la envidia, del odio y de la maldad“. (Economic Liberty, páginas 27 y 42).
La nueva rebeldía social, llevada a cabo en la Rusia soviética, no es una guerra contra un sistema social, ni tampoco una guerra sólo contra la civilización. Es como se ha dicho atinadamente, una guerra de la mano contra el cerebro. El inframundo se convierte en el mundo, el UNICO mundo. Lo demás debe desaparecer. Queda sólo el “nuevo hombre” del marxismo, que es el Infrahombre. Los más bellos productos del intelecto y del alma, están desprovistos de interés para este Infrahombre. Él desprecia el pensamiento, salvo como instrumento de invención y producción. Quienes no se adaptan a esta nueva barbarie, quienes mantienen un intelecto y un alma abiertos a las verdades superiores, un corazón de limpios sentimientos, un espíritu generosamente entregado a los ideales supremos y a las inquietudes exquisitas y alquilatradas, están destinados a ser extirpados de esta nueva Sociedad materialista, que sólo reconoce aquella ética de que hablaba HAROLD COX: la ética del Infrahombre, la ética de la envidia, del odio y la maldad, la ética de los anormales y de los insanos.
EL PARAISO TERRENAL
Esta nueva “moral” que legitima y proclama correctos todos los actos que sirven a la Revolución, es la que preside el golpe bolchevique de noviembre de 1917, que instala en el poder supremo de un país inmenso (casi la sexta parte de la superficie del globo; más de 150 millones de habitantes) a una camarilla de delincuentes internacionales, casi ninguno de los cuales es ruso. Gentuza surgida del submundo de la agitación social, frenéticos demagogos que ofrecen a masas enloquecidas nada menos que el Paraíso terrenal. Esta minoría que dirige el movimiento subversivo triunfante y que, gracias a él, señores en ese país inmenso, está integrada por individuos fríos, calculadores, audaces y despiadados. Bajo su apariencia de seres racionales, son verdaderos lunáticos, poseídos por la idea fija del triunfo mundial de su dominación. Seres nerviosos, inquietos, de poco o ningún valor personal, medrosos, de tipo intelectualoide, antisociales, inadaptados, inasimilables, llenos de descaro, cínicos, insolentes, totalmente desprovistos de escrúpulos o de normas morales, fanáticos monomaníacos, inhumanos, despiadados, sádicos.
Este croquis o boceto pinta a grandes rasgos el carácter de estos individuos. A algunos, o a muchos, puede parecer exagerado, caricaturesco. Pero, desgraciadamente, está tomado del natural, y los hechos históricos de estos últimos sesenta años no hacen sino confirmar que se trata de una vera efigie, de un retrato ¡ay! lamentablemente fiel y exacto. Si en el curso de este artículo debimos describir a un conjunto de seres más o menos alienados, en este último caso no nos enfrentamos ya con verdaderos dementes, sino con individuos perversos, astutos y malignos. Típicos representantes de una corriente doctrinal y de acción subversiva y, como dijo el Papa PIO XI, “intrínsecamente perversa”, que es una manera de señalar su claro carácter demoníaco. Las matanzas, los genocidios que cometió, y los ríos de sangre que desató en seis décadas no hacen sino confirmar este aserto.
Y como las apreciaciones que hago en este artículo pueden parece a algunos exageradas, demasiado parciales o dictadas por el apasionamiento, creo necesario recordar que el propio LENIN, en un acceso de franqueza, manifestó en su discurso ante el Tercer Congreso Soviético: “De cien que se llaman bolcheviques no hay más que uno que lo sea en realidad. De los demás, treinta y nueve son criminales, y sesenta, locos“.
Prof. Walter Langsamkeit Ph. D.


